jueves, 2 de agosto de 2012
Para Lea
sábado, 7 de julio de 2012
R. Carter
martes, 17 de abril de 2012
miércoles, 11 de abril de 2012
En papel
Querida mamá: Lo hice. Por fin lo hice. Cumplí lo que me propuse. Estoy escribiéndote desde el otro lado de las rejas, y no me arrepiento.
Te escribo como a mi madre, pero no te conozco más que al carcelero que me abre las puertas. No tienes cara ni cuerpo. No tienes voz ni olor ni unos andares que pueda recrear. Solo tengo un recuerdo tuyo: era verano y estábamos de vacaciones en una ciudad del sur de Francia. Entramos a una tienda y yo cogí un marcapáginas de cartón plastificado que estaba expuesto en el mostrador junto a otros. Tenía imágenes de la ciudad donde estábamos y lo doblé varias veces. Me lo guardé en el bolsillo del pantalón y te lo enseñé cuando salimos de la tienda, como un trofeo. Tú me gritaste y me cogiste de la mano para devolverlo. Retrocedimos el camino y le explicaste avergonzada todo a la dueña de la tiendecita, que yo pensaba que era publicidad turística y por eso lo cogí. Eran cinco francos, mamá. Lo recuerdo aún.
No me hice policía como soñaba en esa época, sino cartero. No tuve que opositar, fue fácil. Lo hice por ti, para saber de ti. Llevo cinco años recogiéndolas, almacenándolas, leyéndolas por ti. Tu nombre y apellidos bastan. Guardé esas cartas que ni eran de ti ni iban para ti. Tengo un santuario donde las coloco por orden alfabético. Abrahams y Pherson acumulan una estantería entera para ellos, son tan populares que los odié.
Exige que te las den y no pares hasta conseguirlo. Es mi ofrenda. Quiero que te quedes con ellas, que sueñes con las historias que se cuentan y vayas poniendo un marcapáginas conforme las leas.
No conseguí localizarte, pero ahora tú sí puedes encontrarme a mí. Dicen que he salido en las noticias.
Hasta pronto, mamá.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Siete

Me encuentro de repente sentado en un sofá marrón como de plástico. Es del malo. Me asusto, no sé dónde estoy ni cómo he llegado allí.
Siete.
No tengo las manos atadas ni nada me impide levantarme y salir de este cuarto. A mi lado hay una mujer.
—¡Deborah! ¿Qué ha pasado aquí? —le digo asustado.
—Clive, cariño. No pasa nada, tranquilo —Deb me pone su mano sobre mi hombro.
Me levanto corriendo y miro por la ventana. Parece que estoy en un hospital. ¿Habré tenido un accidente? Me puedo mover perfectamente, quizá me ha pasado algo en la cara. Corro al espejo a mirarme. No tengo marcas de ningún tipo.
Siete.
—Clive, está todo bien.
—¿He tenido un accidente? —estoy nervioso y me sudan las manos. Tengo miedo.
—No, sólo relájate —me dice mientras extiende su mano hacia mí—. Confía en mí.
—Menos mal que te tengo aquí, Deb. Eres mi ángel. Eres el paraíso traído a la tierra.
Siete.
Me aburro. Voy a leer algo. Me acerco a la estantería y cojo el primer libro con el que se encuentran mis ojos: Moby Dick. Qué nombre tan raro.
—Clive, no… No te molestes, cielo —tiene una mirada triste en los ojos, ¿habrá pasado algo?
Siete.
Tengo un libro en las manos. Se titula Moby Dick. Leo en voz alta:
—“Mi nombre es Ismael. Hace unos años – no importa exactamente cuántos- sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver mundo”.
—
—“Y entré en el lugar. Desde los bancos. un centenar de rostros negros me examinó: era una iglesia para gente de color. No servía. pues, para mis propósitos”. ¿Pero qué…?
—
Y tiene razón, tuve encefalitis hace muchos años y desde entonces no puedo ver películas ni leer. No le encuentro sentido a nada.
Siete.
—Eras un gran director de orquesta. Dirigías a decenas de músicos y la gente lloraba al escuchar tu música. La última vez que te subiste a un escenario cinco países retransmitieron el evento. Todos estaban llorando.
—
Siete.
—No sé si es de día o de noche. No tengo pensamientos ni aspiraciones. Lloro mucho, pero no sé por qué. No sé quién soy. Sí sé que estoy casado, que trabajé para la BBC y que amo a Deborah con locura.
Siete.
Cojo un cuaderno. Está escrito con anotaciones de una línea, separadas por rayas horizontales. Leo:
—“10:06 y estoy vivo”. “10: 06 y me acabo de levantar”. “10:07 y me acabo de levantar por primera vez”. “10:07 y veo bien”. “10:07 y estoy teniendo mucha paciencia”.
Siete.
Todo está escrito con mi letra en ese cuaderno, pero yo no lo escribí. No sé qué es eso. Un virus hizo que mi memoria borre todo el contenido almacenado cada siete segundos y desde entonces nunca he visto a un ser humano. Me encuentro angustiado. Sin conciencia ni memoria no soy nadie, estoy muerto. Cojo un libro que está sobre la mesilla. Se llama Moby Dick. Vaya nombre raro.
