martes, 17 de abril de 2012
miércoles, 11 de abril de 2012
En papel
Querida mamá: Lo hice. Por fin lo hice. Cumplí lo que me propuse. Estoy escribiéndote desde el otro lado de las rejas, y no me arrepiento.
Te escribo como a mi madre, pero no te conozco más que al carcelero que me abre las puertas. No tienes cara ni cuerpo. No tienes voz ni olor ni unos andares que pueda recrear. Solo tengo un recuerdo tuyo: era verano y estábamos de vacaciones en una ciudad del sur de Francia. Entramos a una tienda y yo cogí un marcapáginas de cartón plastificado que estaba expuesto en el mostrador junto a otros. Tenía imágenes de la ciudad donde estábamos y lo doblé varias veces. Me lo guardé en el bolsillo del pantalón y te lo enseñé cuando salimos de la tienda, como un trofeo. Tú me gritaste y me cogiste de la mano para devolverlo. Retrocedimos el camino y le explicaste avergonzada todo a la dueña de la tiendecita, que yo pensaba que era publicidad turística y por eso lo cogí. Eran cinco francos, mamá. Lo recuerdo aún.
No me hice policía como soñaba en esa época, sino cartero. No tuve que opositar, fue fácil. Lo hice por ti, para saber de ti. Llevo cinco años recogiéndolas, almacenándolas, leyéndolas por ti. Tu nombre y apellidos bastan. Guardé esas cartas que ni eran de ti ni iban para ti. Tengo un santuario donde las coloco por orden alfabético. Abrahams y Pherson acumulan una estantería entera para ellos, son tan populares que los odié.
Exige que te las den y no pares hasta conseguirlo. Es mi ofrenda. Quiero que te quedes con ellas, que sueñes con las historias que se cuentan y vayas poniendo un marcapáginas conforme las leas.
No conseguí localizarte, pero ahora tú sí puedes encontrarme a mí. Dicen que he salido en las noticias.
Hasta pronto, mamá.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Siete

Me encuentro de repente sentado en un sofá marrón como de plástico. Es del malo. Me asusto, no sé dónde estoy ni cómo he llegado allí.
Siete.
No tengo las manos atadas ni nada me impide levantarme y salir de este cuarto. A mi lado hay una mujer.
—¡Deborah! ¿Qué ha pasado aquí? —le digo asustado.
—Clive, cariño. No pasa nada, tranquilo —Deb me pone su mano sobre mi hombro.
Me levanto corriendo y miro por la ventana. Parece que estoy en un hospital. ¿Habré tenido un accidente? Me puedo mover perfectamente, quizá me ha pasado algo en la cara. Corro al espejo a mirarme. No tengo marcas de ningún tipo.
Siete.
—Clive, está todo bien.
—¿He tenido un accidente? —estoy nervioso y me sudan las manos. Tengo miedo.
—No, sólo relájate —me dice mientras extiende su mano hacia mí—. Confía en mí.
—Menos mal que te tengo aquí, Deb. Eres mi ángel. Eres el paraíso traído a la tierra.
Siete.
Me aburro. Voy a leer algo. Me acerco a la estantería y cojo el primer libro con el que se encuentran mis ojos: Moby Dick. Qué nombre tan raro.
—Clive, no… No te molestes, cielo —tiene una mirada triste en los ojos, ¿habrá pasado algo?
Siete.
Tengo un libro en las manos. Se titula Moby Dick. Leo en voz alta:
—“Mi nombre es Ismael. Hace unos años – no importa exactamente cuántos- sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver mundo”.
—
—“Y entré en el lugar. Desde los bancos. un centenar de rostros negros me examinó: era una iglesia para gente de color. No servía. pues, para mis propósitos”. ¿Pero qué…?
—
Y tiene razón, tuve encefalitis hace muchos años y desde entonces no puedo ver películas ni leer. No le encuentro sentido a nada.
Siete.
—Eras un gran director de orquesta. Dirigías a decenas de músicos y la gente lloraba al escuchar tu música. La última vez que te subiste a un escenario cinco países retransmitieron el evento. Todos estaban llorando.
—
Siete.
—No sé si es de día o de noche. No tengo pensamientos ni aspiraciones. Lloro mucho, pero no sé por qué. No sé quién soy. Sí sé que estoy casado, que trabajé para la BBC y que amo a Deborah con locura.
Siete.
Cojo un cuaderno. Está escrito con anotaciones de una línea, separadas por rayas horizontales. Leo:
—“10:06 y estoy vivo”. “10: 06 y me acabo de levantar”. “10:07 y me acabo de levantar por primera vez”. “10:07 y veo bien”. “10:07 y estoy teniendo mucha paciencia”.
Siete.
Todo está escrito con mi letra en ese cuaderno, pero yo no lo escribí. No sé qué es eso. Un virus hizo que mi memoria borre todo el contenido almacenado cada siete segundos y desde entonces nunca he visto a un ser humano. Me encuentro angustiado. Sin conciencia ni memoria no soy nadie, estoy muerto. Cojo un libro que está sobre la mesilla. Se llama Moby Dick. Vaya nombre raro.
martes, 30 de agosto de 2011
Dealer
El cliente de hoy es uno más; nada diferente. Lleva unos mocasines de Dustin negros y calcetines blancos. Horrible combinación, procuro desviar mi vista para no resultar grosero. Están muy nuevos así que debe de tener una buena posición económica. Pantalones negros con la raya hecha y cinturón de cuero con una hebilla de márgenes dorados. Cuida su aspecto. Camisa a cuadros azules y blancos limpísima, salvo por una péqueña mancha de café cerca de uno de los gemelos. Debe de haber desayunado rápido porque también tiene el pelo algo revuelto y no lleva corbata. Un Rolex en la muñeca derecha, por lo que debe de ser zurdo, y montura de Giorgio Armani.
Este tío tiene pasta.
— ¿Y cuándo le interesa probar esta maravilla? —me inclino hacia él para mostrar interés y arqueo una ceja. Leí que eso gustaba en un libro de kinésica.
— Veamos… —agacha la cabeza y frunce el ceño—. Trabajo por las mañanas, de modo que a las cinco de la tarde mañana me iría bien pasarme por aquí y dar una vuelta. Da pena ver esta preciosidad aquí encerrada.
— ¡Estupendo entonces! —le muestro mi mejor sonrisa—. Estaba esperando que alguien como usted viniera a rescatarla. Creo que el nuevo SLK le va como anillo al dedo. Es perfecto para un hombre de tanta clase como usted. Y seguro que a su mujer también le encanta. ¿Vendrá mañana ella?
— Oh, no, no. Mi mujer está de viaje. Su empresa le está pagando un máster en Londres y tiene que viajar mucho. Le veo los fines de semana, pero ella está contenta. He hablado del coche con ella y me dijo que hiciera lo que yo creyera más conveniente, no se mete en estas cosas.
—
— No tenemos hijos —se apoya en el coche, parece que va a hacer una confesión—. A Emma ya le ha venido ese invento del instinto maternal, dice que siente la llamada o no sé qué. Pero yo prefiero esperar, soy más prudente.
— Estupendo, así será sólo de ustedes dos —le guiño un ojo.
— Oh, antes de que se me olvide. Necesito sus datos. Necesito su DNI un momento. No tardo nada.
— Claro, por supuesto —saca del bolsillo trasero una cartera de cuero y me lo entrega. En todo momento me mantiene la mirada, es un hombre de gran carisma.
— Burgalés, ¿eh? Tengo yo familia ahí —tengo familia en todas partes. Y, donde no, me la invento-. ¿Conoce usted una farmacia que hay cerca de la biblioteca del teatro principal? En el paseo del del Espolón —le digo mientras echo un ojo a su DNI y memorizo su domicilio.
— ¿Espolón? Hum… Es una calle muy céntrica, he debido de pasar por ahí muchas veces —gran vía cincuenta cuarto ce, gran vía cincuenta cuarto ce, gran vía cincuenta cuarto ce.
— Sí, ¡claro que la debe de conocer! —gran vía cincuenta cuarto ce—. Está por esa fila de árboles, no se ve si caminas por el centro del paseo. En fin, el caso es que ahí trabaja una prima mía. ¡Si pasa por ahí dígale que me conoce! —gran vía cincuenta cuarto ce.
— Por supuesto que lo haré. Además me gusta ir cada año para ver a mis padres en navidades —se le ve entusiasmado, menudo niño de papá está hecho.
— Perfecto. Pues tome su DNI y le veo mañana cuando usted quiera —gran vía cincuenta cuarto ce.
— Sí, ya le digo que sobre las cinco de la tarde —se incorpora y lo coge con la izquierda.
— Aquí estaré todo el día, de todas formas. Ha sido un placer, muchas gracias —gran vía cincuenta cuarto ce.
Le ofrezco mi mano. Me da un apretón con energía y vigor. Pobre hombre.
— A usted, ¡hasta mañana!
sábado, 26 de marzo de 2011
Polilla
Como un insecto aguardas impaciente mi caída. Deseas apasionadamente que tiemble y grite de dolor para saciar tus ansias de venganza mientras puedas salpicar y reír en el charco de mis lágrimas. Te vas retorciendo hacia mí con un cuchillo alargado en la mano, clavándomelo y esperando con los ojos inyectados en sangre que salga el agua y la sal de nuevo. Me chillas que me odias de forma enfermiza, que quieres que sufra, que lo necesitas para poder continuar. Buscas desesperadamente el mejor ángulo para el corte, y vas perdiendo tus fuerzas en el intento. Te veo a lo lejos y estás tirado en el suelo, parece que te has rendido. Miro con indiferencia y te veo sufrir. Eres un parásito.Siento pena por ti; al final condesciendo. Cojo tu cuchillo, ya he visto suficiente. Tú no me puedes hacer daño. Me hago un corte limpio y rápido en los ojos y comienza a brotar sangre y lágrimas. Me he quedado ciega, pero sonrío; te he dado lo que querías. Corre un río de tinta rosa hasta ti. Ahora eres tú el que llora.
