Abro la libreta y hojeo las páginas hasta dar con una en blanco. Saco el boli y las palabras fluyen por el papel. Definitivamente Italia es inspiradora. Aún más su café.
sábado, 16 de mayo de 2009
Café italiano
Abro la libreta y hojeo las páginas hasta dar con una en blanco. Saco el boli y las palabras fluyen por el papel. Definitivamente Italia es inspiradora. Aún más su café.
lunes, 27 de abril de 2009
A una gota
Ella
Asustada
Llora, grita
Corre, decidida
Busca alguien
Algo
¡GRITA!
Que frene
Su caída
Desespera
Conoce
Su destino
Se entrelazan dos cuerpos
Se precipitan hacia el desenlace
La derrota
es
f
i
n
a
l
sábado, 11 de abril de 2009
... Y comieron alitas de pollo
sábado, 28 de febrero de 2009
sábado, 31 de enero de 2009
El peor te odio
El aroma de un café largo y con dos sobrecillos de azúcar se expandía por todo el salón color vainilla. El silencio reinaba en aquella estancia señorial, sólo el ruido del tic-tac del reloj de pared lo interrumpía cada segundo, provocando una situación incómoda a la par que una tensión desagradablemente continua entre ambos.
- Y… ¿te dolió?
En su cara se dibujo una mueca de terror. Aparto los ojos rápidamente hacia la mesilla de noche. Noté un nerviosismo incipiente en su rostro y sentí estar ante una niña arrepentida de haber roto el jarrón favorito de su madre. Se le escapó un gemido seco que rompió el silencio dominante. Cogió un poco de aire y lentamente lo expulsó.
- No se trata de dolor. Estaba… tenía miedo y al ver la sangre me asusté. Sólo deseaba alejarme. Despertarme de aquella pesadilla y que volvieras a ser el chico que me enamoraba por las tardes en las horas muertas que pasábamos en la cafetería.
Se levantó rápidamente del sofá y se dirigió a la ventana, empañada por frío invernal del exterior.
- No tienes ni idea de por lo que pasé.
Me levanté yo también y me acerqué a ella. Quería abrazarla, decirle que siempre estaría a su lado, que no volvería a pasar por nada similar. Rodearle con mis brazos y besarla en la frente, coger su mano y acariciarla. Después le susurraría un te quiero y ella me regalaría una vez más una de sus sonrisas. Acabaríamos en la cama desnudos, cubiertos por una gruesa manta con olor a incienso.
Levantó su brazo, volvió a mirar a través de los cristales y comenzó a deslizar su dedo índice por su superficie gélida.
- No quiero volver a verte.
Un portazo. Me desplomé de rodillas y las lágrimas empezaron a resbalar en una carrera entre ellas por mis mejillas. Lancé el cenicero que me regaló, haciendo añicos su último mensaje, el peor te odio.
