viernes, 5 de octubre de 2012
¿Quién es usted?
jueves, 2 de agosto de 2012
Para Lea
sábado, 7 de julio de 2012
R. Carter
martes, 17 de abril de 2012
miércoles, 11 de abril de 2012
En papel
Querida mamá: Lo hice. Por fin lo hice. Cumplí lo que me propuse. Estoy escribiéndote desde el otro lado de las rejas, y no me arrepiento.
Te escribo como a mi madre, pero no te conozco más que al carcelero que me abre las puertas. No tienes cara ni cuerpo. No tienes voz ni olor ni unos andares que pueda recrear. Solo tengo un recuerdo tuyo: era verano y estábamos de vacaciones en una ciudad del sur de Francia. Entramos a una tienda y yo cogí un marcapáginas de cartón plastificado que estaba expuesto en el mostrador junto a otros. Tenía imágenes de la ciudad donde estábamos y lo doblé varias veces. Me lo guardé en el bolsillo del pantalón y te lo enseñé cuando salimos de la tienda, como un trofeo. Tú me gritaste y me cogiste de la mano para devolverlo. Retrocedimos el camino y le explicaste avergonzada todo a la dueña de la tiendecita, que yo pensaba que era publicidad turística y por eso lo cogí. Eran cinco francos, mamá. Lo recuerdo aún.
No me hice policía como soñaba en esa época, sino cartero. No tuve que opositar, fue fácil. Lo hice por ti, para saber de ti. Llevo cinco años recogiéndolas, almacenándolas, leyéndolas por ti. Tu nombre y apellidos bastan. Guardé esas cartas que ni eran de ti ni iban para ti. Tengo un santuario donde las coloco por orden alfabético. Abrahams y Pherson acumulan una estantería entera para ellos, son tan populares que los odié.
Exige que te las den y no pares hasta conseguirlo. Es mi ofrenda. Quiero que te quedes con ellas, que sueñes con las historias que se cuentan y vayas poniendo un marcapáginas conforme las leas.
No conseguí localizarte, pero ahora tú sí puedes encontrarme a mí. Dicen que he salido en las noticias.
Hasta pronto, mamá.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Siete

Me encuentro de repente sentado en un sofá marrón como de plástico. Es del malo. Me asusto, no sé dónde estoy ni cómo he llegado allí.
Siete.
No tengo las manos atadas ni nada me impide levantarme y salir de este cuarto. A mi lado hay una mujer.
—¡Deborah! ¿Qué ha pasado aquí? —le digo asustado.
—Clive, cariño. No pasa nada, tranquilo —Deb me pone su mano sobre mi hombro.
Me levanto corriendo y miro por la ventana. Parece que estoy en un hospital. ¿Habré tenido un accidente? Me puedo mover perfectamente, quizá me ha pasado algo en la cara. Corro al espejo a mirarme. No tengo marcas de ningún tipo.
Siete.
—Clive, está todo bien.
—¿He tenido un accidente? —estoy nervioso y me sudan las manos. Tengo miedo.
—No, sólo relájate —me dice mientras extiende su mano hacia mí—. Confía en mí.
—Menos mal que te tengo aquí, Deb. Eres mi ángel. Eres el paraíso traído a la tierra.
Siete.
Me aburro. Voy a leer algo. Me acerco a la estantería y cojo el primer libro con el que se encuentran mis ojos: Moby Dick. Qué nombre tan raro.
—Clive, no… No te molestes, cielo —tiene una mirada triste en los ojos, ¿habrá pasado algo?
Siete.
Tengo un libro en las manos. Se titula Moby Dick. Leo en voz alta:
—“Mi nombre es Ismael. Hace unos años – no importa exactamente cuántos- sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver mundo”.
—
—“Y entré en el lugar. Desde los bancos. un centenar de rostros negros me examinó: era una iglesia para gente de color. No servía. pues, para mis propósitos”. ¿Pero qué…?
—
Y tiene razón, tuve encefalitis hace muchos años y desde entonces no puedo ver películas ni leer. No le encuentro sentido a nada.
Siete.
—Eras un gran director de orquesta. Dirigías a decenas de músicos y la gente lloraba al escuchar tu música. La última vez que te subiste a un escenario cinco países retransmitieron el evento. Todos estaban llorando.
—
Siete.
—No sé si es de día o de noche. No tengo pensamientos ni aspiraciones. Lloro mucho, pero no sé por qué. No sé quién soy. Sí sé que estoy casado, que trabajé para la BBC y que amo a Deborah con locura.
Siete.
Cojo un cuaderno. Está escrito con anotaciones de una línea, separadas por rayas horizontales. Leo:
—“10:06 y estoy vivo”. “10: 06 y me acabo de levantar”. “10:07 y me acabo de levantar por primera vez”. “10:07 y veo bien”. “10:07 y estoy teniendo mucha paciencia”.
Siete.
Todo está escrito con mi letra en ese cuaderno, pero yo no lo escribí. No sé qué es eso. Un virus hizo que mi memoria borre todo el contenido almacenado cada siete segundos y desde entonces nunca he visto a un ser humano. Me encuentro angustiado. Sin conciencia ni memoria no soy nadie, estoy muerto. Cojo un libro que está sobre la mesilla. Se llama Moby Dick. Vaya nombre raro.
martes, 30 de agosto de 2011
Dealer
El cliente de hoy es uno más; nada diferente. Lleva unos mocasines de Dustin negros y calcetines blancos. Horrible combinación, procuro desviar mi vista para no resultar grosero. Están muy nuevos así que debe de tener una buena posición económica. Pantalones negros con la raya hecha y cinturón de cuero con una hebilla de márgenes dorados. Cuida su aspecto. Camisa a cuadros azules y blancos limpísima, salvo por una péqueña mancha de café cerca de uno de los gemelos. Debe de haber desayunado rápido porque también tiene el pelo algo revuelto y no lleva corbata. Un Rolex en la muñeca derecha, por lo que debe de ser zurdo, y montura de Giorgio Armani.
Este tío tiene pasta.
— ¿Y cuándo le interesa probar esta maravilla? —me inclino hacia él para mostrar interés y arqueo una ceja. Leí que eso gustaba en un libro de kinésica.
— Veamos… —agacha la cabeza y frunce el ceño—. Trabajo por las mañanas, de modo que a las cinco de la tarde mañana me iría bien pasarme por aquí y dar una vuelta. Da pena ver esta preciosidad aquí encerrada.
— ¡Estupendo entonces! —le muestro mi mejor sonrisa—. Estaba esperando que alguien como usted viniera a rescatarla. Creo que el nuevo SLK le va como anillo al dedo. Es perfecto para un hombre de tanta clase como usted. Y seguro que a su mujer también le encanta. ¿Vendrá mañana ella?
— Oh, no, no. Mi mujer está de viaje. Su empresa le está pagando un máster en Londres y tiene que viajar mucho. Le veo los fines de semana, pero ella está contenta. He hablado del coche con ella y me dijo que hiciera lo que yo creyera más conveniente, no se mete en estas cosas.
—
— No tenemos hijos —se apoya en el coche, parece que va a hacer una confesión—. A Emma ya le ha venido ese invento del instinto maternal, dice que siente la llamada o no sé qué. Pero yo prefiero esperar, soy más prudente.
— Estupendo, así será sólo de ustedes dos —le guiño un ojo.
— Oh, antes de que se me olvide. Necesito sus datos. Necesito su DNI un momento. No tardo nada.
— Claro, por supuesto —saca del bolsillo trasero una cartera de cuero y me lo entrega. En todo momento me mantiene la mirada, es un hombre de gran carisma.
— Burgalés, ¿eh? Tengo yo familia ahí —tengo familia en todas partes. Y, donde no, me la invento-. ¿Conoce usted una farmacia que hay cerca de la biblioteca del teatro principal? En el paseo del del Espolón —le digo mientras echo un ojo a su DNI y memorizo su domicilio.
— ¿Espolón? Hum… Es una calle muy céntrica, he debido de pasar por ahí muchas veces —gran vía cincuenta cuarto ce, gran vía cincuenta cuarto ce, gran vía cincuenta cuarto ce.
— Sí, ¡claro que la debe de conocer! —gran vía cincuenta cuarto ce—. Está por esa fila de árboles, no se ve si caminas por el centro del paseo. En fin, el caso es que ahí trabaja una prima mía. ¡Si pasa por ahí dígale que me conoce! —gran vía cincuenta cuarto ce.
— Por supuesto que lo haré. Además me gusta ir cada año para ver a mis padres en navidades —se le ve entusiasmado, menudo niño de papá está hecho.
— Perfecto. Pues tome su DNI y le veo mañana cuando usted quiera —gran vía cincuenta cuarto ce.
— Sí, ya le digo que sobre las cinco de la tarde —se incorpora y lo coge con la izquierda.
— Aquí estaré todo el día, de todas formas. Ha sido un placer, muchas gracias —gran vía cincuenta cuarto ce.
Le ofrezco mi mano. Me da un apretón con energía y vigor. Pobre hombre.
— A usted, ¡hasta mañana!
sábado, 26 de marzo de 2011
Polilla
Como un insecto aguardas impaciente mi caída. Deseas apasionadamente que tiemble y grite de dolor para saciar tus ansias de venganza mientras puedas salpicar y reír en el charco de mis lágrimas. Te vas retorciendo hacia mí con un cuchillo alargado en la mano, clavándomelo y esperando con los ojos inyectados en sangre que salga el agua y la sal de nuevo. Me chillas que me odias de forma enfermiza, que quieres que sufra, que lo necesitas para poder continuar. Buscas desesperadamente el mejor ángulo para el corte, y vas perdiendo tus fuerzas en el intento. Te veo a lo lejos y estás tirado en el suelo, parece que te has rendido. Miro con indiferencia y te veo sufrir. Eres un parásito.Siento pena por ti; al final condesciendo. Cojo tu cuchillo, ya he visto suficiente. Tú no me puedes hacer daño. Me hago un corte limpio y rápido en los ojos y comienza a brotar sangre y lágrimas. Me he quedado ciega, pero sonrío; te he dado lo que querías. Corre un río de tinta rosa hasta ti. Ahora eres tú el que llora.
viernes, 18 de marzo de 2011
Concha
Quedé con ella en la cafetería del corte inglés la semana pasada y no vino.
Apenas sé de mi hija, desde los setenta dejó de preocuparse por mí. Y lo entiendo, yo sólo soy una vieja, pero a veces me gustaría poder invitarla a un café con pastas con las niñas como solíamos hacer los domingos.
Ayer alguien metió las zapatillas en el congelador. La mandadera por supuesto que lo niega. Tiene un talento innato para negarlo todo, me debe de tomar por tonta. Me doy cuenta de que faltan magdalenas en el armario y el queso se acaba extraordinariamente rápido. De eso no le digo nada porque no quiero enfadarme por un poco de comida, pero no me gusta que me tomen el pelo de esa manera, y menos en mi propia casa.
A veces se va sin despedirse.
Un día me enfadé seriamente con ella. Fue en verano, tenía la maleta hecha con la ropa y la bolsita de aseo para ir a Salou con mi sobrina y su familia, pero la muchacha en un momento me deshizo todo. ¡Y encima fue ella la que se enfadó! Me parece una insolente, no la soporto.
Apenas hablamos; no le caigo bien y ella no me cae bien a mí, pero trabaja mucho y baja a hacer la compra. Alguna vez le he querido pagar un aguinaldo y no lo ha aceptado por mucho que he insistido. Debe de ser porque ya se cobra ella misma con el jamón serrano de la nevera.
Cada semana me pone un tipo de vajilla diferente para comer. Yo siempre le digo que me gusta la que me regalaron al casarme, que me ponga esa, pero creo que la tiene escondida en algún lugar porque hace años que no la veo. No sé qué plan se trae entre manos. No me gusta que el plato sea verde porque no sé si he terminado cuando hay crema de guisantes. Tampoco me gusta que me ponga vasos de plástico, me siento como una niña.
Hay días que me tiene sin darme de comer, y tampoco me deja cocinar a mí. No sólo me roba comida sino que no me deja a mí misma comer lo que es mío.
Me cambia las cosas de lugar.
La he echado varias veces, pero vuelve, y siempre a entra en casa a una hora diferente. A veces me sorprende en mitad de la noche, cuando voy a entrar al baño. Otras llegan mientras estoy desayunando. Una vez derramé la leche y me puse perdida; un día de estos me va a matar de un infarto, que yo ya soy mayor.
Yo creo que está un poco mal de la cabeza; en parte siento lástima por ella.
Ayer metió las zapatillas en el congelador.
domingo, 13 de marzo de 2011
Calling
Quería despedirme de mucha gente. De mis padres, de mis hijos Carl y Evan, de mi mejor amiga Sarah, de Edward, de mi primera novia Evey y de la zorra de mi exmujer. Se había llevado la custodia de los niños además de la casa, el perro y parte de mi sueldo mensual. El mismo que me da cada fin de mes su marido, mi jefe. Me destrozó la vida, nunca quise saber más de ella. Pero ahí estaba, marcando su maldito número mientras pensaba en cuánto la odiaba. Esa fue la llamada, la última, la única persona de la que pude despedirme: fue ella.
Por qué lo hice no importa. Sólo lo hace el que estaba sobre el suelo llorando, sosteniendo con mis manos temblorosas el aparato asustado como un niño y diciéndole que la amaba, que siempre la llevé en mi corazón, que lamentaba no habernos podido hacer felices como prometí, que no quería que se olvidara de mí y que la cuidaría siempre desde la distancia. La odiaba con todas mis fuerzas, es verdad, pero eso sólo era la consecuencia visible de lo tantísimo que la amaba.
Esos segundos antes de morir comprendí qué es la vida. Irónicamente, cuarenta y ocho años después. Y, ¿saben qué? No es tan complicado. No busquen teorías científicas, no busquen explicaciones lógicas. Toda la vida se comprime en los momentos previos a la muerte. Sólo entonces te das cuenta de en qué ha consistido la tuya, qué es lo fundamental, qué te hace ser quien eres. Y que has malgastado tu juventud intentando ligarte a la rubita popular.
No es tu nombre, ni tu familia, ni tus amigos o enemigos, ni tus gustos personales o problemas. Es el asiento en que te ha tocado estar durante el vuelo y el despacho que te asignaron cuando te dieron el trabajo. Cuando llamé a Claire me di cuenta de quién era yo: un complejo rompecabezas, una capa de maquillaje tras otro que ocultaba lo que realmente somos más allá del miedo y del orgullo.
Sí, sí, ahora lo pueden ver cursi desde sus asientos, desde sus sofás mientras oyen la tele de fondo y eructan cerveza.
El suelo temblaba y el fuego iba invadiendo los pisos superiores. El mío era el ochenta y dos. Despacho siete. Oía a la gente gritar y amontonarse en las escaleras. La gente lloraba o caía frente a mi ventana sin paracaídas y con los brazos abiertos esperando abrazar la muerte.
La respuesta a la pregunta qué es la vida es otra pregunta:
¿A quién llamarían ustedes?
¿Quizá al 911?
jueves, 16 de diciembre de 2010
Mercedes
Nací y crecí en un pueblecito de Albacete, Higueruela. Mis padres me dieron la mejor de las educaciones, iba a misa los domingos y a veces también entre semana. Ayudaba a mi madre con las tareas del hogar mientras mi padre trabajaba en el bar, y esta nos instruía a mi hermana Fede y a mí por las mañanas. No quiso que fuéramos al colegio porque tuvo un problema con la maestra, doña Hermenegilda, relacionado con unas tierras. Los niños de la escuela se metían con nosotros por ser raros.Mi madre murió en un accidente mientras ordeñaba una de las vacas. Fue terrible. Entonces yo tenía doce, y mi hermana seis años. Mi padre empezó a volver más tarde de lo habitual; a veces traía mujeres. Tuve que ocuparme de mi hermana, y ella tuvo que hacerlo de mí.
Mi padre se fue de casa, dejándonos a Fede y a mí solos. No lo sentí, eso no cambió nada, salvo el hecho de que tuve que empezar a trabajar para don Colungo durante todo el día.
Fede me recibía cada noche con una sonrisa en la boca, hacía que mereciera la pena todo el trabajo. Me di cuenta de que estaba enamorado de ella. Cierto día la cogí de la mano y le pedí que fuera mi esposa. Don Camilo no nos dio permiso, pero nos daba igual porque hicimos una fiesta discreta e íntima. Pasamos unos años maravillosos, pero nos faltaba algo, nos sentíamos solos. Pensamos en tener hijos, de modo que, como dijo madre que hizo ella, decidimos escribir a la cigüeña para tener nuestro hijo en navidades. Esperamos pacientemente durante meses, pero nunca recibimos nada.
Decidimos ir hacia allá, a París, a pedir personalmente a la cigüeña que nos hiciera ese favor. Ahorramos durante un año y en un par de días ya estábamos en la ciudad del amor y los niños. La gente hablaba de forma extraña, pensamos que sería el frío clima de la zona, de modo que tuvimos que apañárnoslas para encontrarla.
El tercer día, sentados en los bancos de una gran plaza, delante de una gran iglesia, la vimos. Volaba muy alto y deprisa, con un aire muy majestuoso. Fede y yo nos levantamos de un salto y empezamos a hacerle señas y gritar que queríamos una niña pelirojita y con pecas. Se marchó tan rápido como apareció, de modo que nos preguntábamos si surtió algún tipo de efecto. Nos volvimos a sentar y esperamos pacientemente el resultado.
Estuvimos una semana más. Fede sugirió ir de vuelta a Higueruela. Nuestra niña debía de estar ahí, decía, pero yo la disuadí, argumentando que lo lógico sería que nos la entregara en el mismo París porque así se ahorraría sobrevolar tanta distancia.
El octavo día la vimos. Estábamos en unos grandes almacenes y la niña, con trencitas rojas a los lados y pequitas cubriendo sus dos mejillas sonrosadas, se nos acercó mientras balbuceaba algo muy asustada. Fede y yo nos abrazamos con una tremenda alegría y empezamos a saltar y a colmar a nuestra nueva hijita de besos. Fede lloró, y también la niña cuando nos la llevamos al coche después de la gran celebración.
La llamamos Mercedes, ya que no paraba de gritar algo parecido a meg. Somos muy felices, y ya estamos ahorrando para el segundo.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Sudor
Corrían sin descanso en una larga carrera que los debilitaba con cada coletazo. Se empujaban, pisoteaban y tropezaban entre ellos en la competición más importante de sus vidas. Entre ellos sobresalía uno, estaba concentrado, con la mente puesta en el objetivo mientras iba adelantando a unos y otros. Piensa en la recompensa a su esfuerzo y se ve ganador. El sufrimiento es inevitable, el dolor es el resultado. El acto de correr roza lo metafísico, se siente elevado, cree haber trascendido del plano de lo puramente físico a algo grande, mucho más grande. La meta es el nirvana, un lugar donde desarrollarse plenamente. Corre para dar sentido a su existencia. Corre para llenar un vacío. Corre para cumplir con el objetivo que le fue asignado. Corre por placer. Debe ganar o morir. Por fin llega, y se oye un grito ensordecedor.En un bus
domingo, 21 de noviembre de 2010
Vacaciones
jueves, 7 de octubre de 2010
GG
Había sido rechazado. El Empire State, unas flores, una hora. Las 7:01. Allí estaría esperándola. “Ven, u olvídame para siempre”. Ella no fue.
De noche se movía entre prostitutas y alcohol. Su gabardina olía a sudor y lágrimas. Dos tipos lo asaltaron. “Danos todo lo que tengas”. De forma calmada dijo que tenía dinero, que podía ir a un banco a sacarles lo que quisieran. Metieron la mano en su bolsillo. ¡No! ¡Eso no! ¡Dejadme la caja! ¡Todo menos eso! —gritaba mientras forcejeaba con ellos.
Se oyó un disparo y una risas y todo quedó en silencio.
Él yacía en el suelo manchado de sangre con una expresión terrorífica de indiferencia en su cara. Se habían llevado el único recuerdo que le quedaba de ella. Había tirado todo lo que le pertenecía a ella a la basura. Sus regalos, sus cartas, sus libros, la ropa que se dejó, los resguardos de las entradas y viajes que hicieron juntos. Borró las fotos y los mensajes; su número, su pasado y su cara…. Y se habían llevado lo único que le importaba en la vida, el anillo con el que le propondría matrimonio, y la herida lo estaba desangrando.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Limpieza racial
También se llevaron a Naomi, él mismo la delató. Era de noche y él había ido a su casa. Bebieron unas copas, rieron, se acostaron y un par de horas más tarde Bernard se despidió con un beso en la frente antes de traicionarla y ser el responsable de que la enviaran a Auschwitz. Había pasado ya más de un año desde entonces y se preguntó por qué recordaba todo eso ahora. Sus ojos se abrieron, los mismos que vieron toda esa crueldad en Buchenwald, y en su cara se dibujó una fría mueca de terror. Cortó el chorro de agua y arojó el jabón contra la pared antes de estallar en un desgarrador grito de locura. Horas más tarde pasó del ejército a un manicomio alemán.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Beneficios laborales
viernes, 10 de septiembre de 2010
Dispares
viernes, 27 de agosto de 2010
Túes.
jueves, 26 de agosto de 2010
Fecha de caducidad/Consumir preferentemente antes de…
Debió decirme que tenían fecha de caducidad. Debió avisarme de que sus te quieros tenían un plazo de validez de un par de meses; me sentaron mal. Debió avisarme de que si tomaba sus besos a sorbos caería enferma, que no debí pedirle más ni engancharme a su olor de forma tan obsesiva. Me empaché desequilibradamente de su cuerpo en una madrugada fría y seca como se volvieron sus palabras desde entonces. Aquella noche mi boca buscaba la suya de forma desesperada, corría entre lágrimas a encontrarme con sus manos, gritaba de pasión por oírle respirar cerca de mi oído y decirme que quería que me fuera con él. Sentía el ardiente fuego en sus pupilas mirándome y desgarrándome el cuerpo y el alma lenta y rítmicamente. Me inyectó su veneno hasta el fondo infectándome el vientre y el pecho. La pasión se asomaba por la comisura de sus labios formando una mueca de placer que mi retina capturó de forma indeleble condenándome a sufrir hasta la eternidad. Mató de un disparo y sin temblarle el pulso las mariposas de mi estómago cuando le vi irse sin mirar atrás y el agujero no cicatriza. Porque no debí, porque estaba en mal estado, porque estoy enferma y me duele el corazón. Y dicen que no tiene solución.
