viernes, 5 de octubre de 2012

¿Quién es usted?

Un hombre aparece por la puerta, me da un apretón de manos y me pregunta qué tal estoy hoy. Le digo que bien, que quién es. Sonríe, se sienta y anota algo en un cuaderno. Insisto y le vuelvo a preguntar. Me dice que me hoy tiene una sorpresa para mí y abre la puerta con una sonrisa en sus labios. Aparece un señor mayor, de unos setenta años, con una mujer del brazo. Me quedo pensativo unos segundos… ¡Es Harry, mi hermano Harry! Me abalanzo sobre él y nos abrazamos. No nos vemos desde antes de que yo me fuera a trabajar con la Marina y lo veo muy cambiado.

—Pero, ¿qué te ha pasado? Te veo muy desgastado, muy envejecido. ¿Sigues fumando?

Los tres se ríen y el señor de blanco me invita a sentarme en una de las sillas. Creo que es un médico, pero no recuerdo haber venido, no me pasa nada. Qué rápido ha envejecido el pequeño de la casa, tiene la cara llena de arrugas y el pelo canoso. ¿Tan malo es el tabaco? ¿Era verdad lo que decían entonces?

—Hoy quiero que vea algunas imágenes de revistas que le he traído para que me hable de ellas—saca una carpeta y abre la primera de las revistas; todas tienen colores muy brillantes—. Empecemos por esta. ¿Qué ve?

¿Hoy? Yo quiero seguir hablando con Harry, quiero que me explique qué le pasa en la cara porque parece que tiene alguna enfermedad, pero contesto:

—Es la luna —me pregunto qué demonios hago aquí contestando preguntas tan absurdas.

—No, es la tierra. Es una foto tomada desde la luna.

—¡Muy buena!

—No es ninguna broma.

—¡Me toma el pelo! Para hacer una foto de la tierra deberían haber ido a poner cámaras ahí, no tiene sentido.

—¡Pues claro! —me dijo Harry dándome un golpe en el hombro. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

—¿Qué edad tiene? Cuénteme algo de usted —intervino el hombre de blanco, que me está empezando a poner de los nervios; no me gusta su humor.

—Veinticuatro años. Acabo de salir de la Marina y estoy buscando trabajo. Vivo solo en un pequeño apartamento de Berlín. No tengo pareja, pero estuve enamorado de una chica muy agradable y que olía muy bien antes de entrar. 

—Por lo visto a usted le gusta la bebida, más que las mujeres… —me sonríe con una mirada pícara que me desconcierta. 

—¿Bebida? ¿Bromea? Es verdad que de vez en cuando honrábamos a algún compañero echando algunos tragos, pero no era algo frecuente. ¿Por qué lo pregunta?

El señor de blanco anota algo de nuevo. —¿Se ha hecho usted análisis recientemente?

—Antes de meterme en el cuerpo, era obligatorio. De eso hace cuatro años. No me duele nada —definitivamente es un médico.

Hay un hombre y una mujer detrás de mí y un señor que no para de hacerme preguntas. Me ha puesto una canción. Mozart, creo que es. Hablan de un tal Korsakoff, que debe de tener algún problema.

—Perdone… ¿Quién es usted? —el hombre de blanco sonríe, se sienta y anota algo en un cuaderno. Insisto y le vuelvo a preguntar.

jueves, 2 de agosto de 2012

Para Lea


Te conocí en un ya alejado mes de agosto. Yo trabajaba entonces en una heladería de Gran Vía y entraste a pedir un batido. Lo querías de fresa y café, lo recuerdo todavía. Llevabas el pelo recogido con un pañuelo azul y blanco. Me fijé en el tatuaje de tu cuello y en tus pantalones a cuadros. El rojo de tus pintalabios llamaba la atención. Me enamoré de tu dócil mirada desde el momento en que la clavaste en mí. Me sentí llamado, como tocado por algún dios.

Te despediste y pedí unos minutos a mi jefe para un cigarro. Te seguí. ¿No te parece romántico? Por el camino llamaste por teléfono a tu madre y pude saber algo más de ti. Vivías tan cerca de la heladería que podría ir a visitarte en mis descansos. Durante tres meses aprendí mucho y lo anoté todo para no perder detalle: tus grupos favoritos, tus manías, tus experiencias con los chicos, en qué cajón escondes el chocolate, cómo odias que te digan qué hacer, tu colonia, tu inusitado carácter con los chicos, tu rutina al llegar a casa por las noches y hasta los más secretos detalles que nunca has contado a nadie y que escondías en tu diario. Tampoco me fue nada difícil saber tu única contraseña, es muy común poner el nombre de tu primera mascota, deberías tener cuidado con eso. Comprobar tu correo me facilitó mucho las cosas. Eres bastante transparente, ¿lo sabes? Es algo que adoro de ti.

Aprendí a ser quien tú querías que llegara a tu vida. Me compré botas, una chaqueta de cuero y estuve meses escuchando tu música y leyendo tus clásicos favoritos. Tú seguiste viniendo a la heladería; cada día estaba más enamorado de ti y era más difícil controlar mis salvajes impulsos. Cuanto más leía tus mensajes y notas de tu diario más me costaba mantenerme alejado; te convertiste en mi droga.

Tuve que demostrarte que ese al que llamabas novio no te quería. No merecías estar con alguien que no te vigilaba ni cuidaba tanto de ti como yo lo hacía. Fue cosa mía, es verdad. Estuviste semanas encerrada en casa llorando y sin comer nada; tampoco mis batidos. Me mantuve al margen, necesitabas tiempo para aceptar y superar su muerte. Estás preciosa cuando lloras sobre la cama, la sombra de ojos resbalando sobre tu carita es una obra de arte.

Esas semanas estuve más pendiente de ti que nunca a través de la ventana que daba a tu habitación, fui tu ángel de la guarda. Pasaba las noches en tu parque entre mantas, esperando el momento en que salías de la ducha solo con una toalla de manos que le robaba el espacio a mi extraordinaria imaginación. A veces ni siquiera te molestabas en ponértela. Fueron noches gloriosas. Todavía conservo las fotos de esos momentos, te las enseñaré cuando quieras. Te puedo pasar el enlace, de todas formas.

Teníamos que estar juntos, ahora lo sabes. Recogí la carta de admisión de tu universidad del buzón. No era conveniente que te fueras a Lisboa a estudiar, tan lejos de mí. Había trabajado demasiado, habían sido demasiadas noches en la calle y sin dormir para perderlo todo por algo tan frágil y perecedero como es una carta. Eres tan extraordinaria que vales mucho más. Mereces que lo den todo por ti. ¿No es lo mejor que nos ha pasado?

Por fin me sentí preparado y me decidí a hablarte para invitarte a un café juntos aquel 25 de mayo de hace ocho años y todo salió a la perfección, míranos. Estaba deseando que llegara este día para contarte todo lo que siento y lo que luché por tu felicidad. También quiero contárselo a nuestro hijo algún día, juntos, cuando crezca y nos pregunte por nuestra historia de amor. De momento debemos centrarnos en que salga de tu barriguita sano y fuerte. Solo quedan dos meses y estoy tan impaciente que a veces tengo ganas de abrirte y abrazarlo.

Hoy, delante de todos nuestros familiares y amigos, aquellas personas con las que hemos caminado todos estos años, en esta mesa que compartimos llena de buen vino y cubiertos que ni siquiera sé nombrar, yo visto de negro con pajarita y tú estás preciosa de blanco. Este discurso que estoy pronunciando es mi regalo y quiero que lo recuerdes toda tu vida. Lea, esta mañana me he sentido el hombre más feliz del mundo al escuchar de tus labios las dos palabras que espero desde que por primera vez me clavaste tus pupilas y tu mirada me pidió que te hiciera mía: Sí, quiero.

sábado, 7 de julio de 2012

R. Carter

Con la mirada en blanco, colgó el teléfono cuidadosamente y tragó saliva. Permaneció en silencio unos segundos completamente paralizada. Las lágrimas empezaron súbitamente a caer a golpes sobre su falda de cuadros grises y negros. Sus manos temblaban y su cuerpo se contorsionaba sobre el suelo entre sollozos y gemidos entrecortados.

La forma en que la arropaba por las noches, las conversaciones de madrugada comentando los anuncios, sus bizcochos con pepitas de chocolate los domingos, su manía de colocar siempre los cubiertos al revés sobre la mesa… Las imágenes se agolpaban en su cabeza como si de una olla en ebullición se tratara, pero lo primero en que pensó fue en la venganza. Podían emplear cualquier nombre del diccionario, pero ella lo conocía lo suficiente para saber que ninguno de los que le proponían era el acertado.

Respuestas. Buscaba soluciones en su cabeza ocupando el tiempo en que debía dormir y comer. Pasó los días encerrada en una habitación ajena con la mirada siempre perdida hacia alguna pared y contestando como un autómata las cada vez menos frecuentes preguntas de sus tíos hasta que por fin dio con un nombre: Roger Carter.

Llevaba falda de tubo, un chaleco, tacones y colonia barata. Era la primera vez que se ponía medias, Debbie solo tenía trece años. Cogió el bolso recién comprado y un taxi. Previamente habían hablado por teléfono y él la había invitado a su casa para prestarle su apoyo.

Eran las nueve y cuarenta cuando Debbie llamó a la puerta. Aquel hombre parecía gratamente sorprendido. Cenaron y tomaron una copa de vino en el sofá. Hablaron del trabajo, de la muerte, de la vida… La convenció de que su padre estaba pasando malos momentos por la explotación a la que se veía sometido y de que había caído en una profunda depresión como consecuencia de su divorcio. O, mejor, la quiso convencer. Ella sabía poco de esas cosas, pero era lo suficiente para darse cuenta de que acercar su boca al hablar y rozarle la pierna con la mano era una muestra de interés que la atraía hacia él y a la vez la repugnaba. Mientras hablaban contuvo las lágrimas y se repetía a sí misma que no era momento de ser una niña.

Bailaron juntos, con más alcohol del legalmente permitido en su cuerpo y terminó durmiendo fuera de casa. Se despertó a la mañana siguiente con la cara como un payaso por los restos de maquillaje corrido. Se miró en el espejo de la cómoda y sintió asco. Se sentía sucia. Quiso ducharse y frotarse el cuerpo enérgicamente hasta arrancarse la piel. Se horrorizó de la imagen degradada y prostituida que la miraba. No recordaba todos los datos, todo había sido un destello ya, pero en su cabeza se agitaban las mentiras que le contó sobre su padre y cómo intentó convencerla de la idea del suicidio.

Vio a aquel hombre que podría ser su padre tumbado sobre la cama deshecha y con el cuerpo totalmente extendido entre las sábanas ensangrentadas y tuvo ganas de vomitar. Sintió una arcada subiendo por su pecho y contuvo el impulso con las manos sobre sus labios, apretando los dientes con una mueca de terror en sus ojos. Se agachó y lloró en cuclillas en silencio para no despertarlo. Las lágrimas de alquitrán resbalaban por su cuerpo desnudo mientras caminaba a la cocina. Volvió al dormitorio con las manos temblorosas y las alzó sobre el cuerpo inerte del homicida. Tres veces. Cogió el teléfono y llamó a la policía con el cuchillo todavía en su mano.

martes, 17 de abril de 2012

En la opaca noche los cuerpos se confunden. La hipnosis de su mirada pétrea y estrellada seduce la candorosa piel. Cada poro se abre, cada vello se eriza al contacto. Sus soplos son cortos y huelen a humo y a hojalata. La sangre bulle y pide salir a borbotones deshaciendo el hielo de sus tubuliformes ojos. Molesta la voz, interrumpida. La decadente atmósfera es pesada y neblosamente incoherente. Sus mejillas saben a húmedas brasas.

Se somete. El añil la subyuga.

Corren enajenados los movimientos, cautivos del aroma a canela, y el polvo del cabecero se sacude con el devenir, con golpes y arremetidas. El cuerpo pesa y el alma estalla en un suspiro.

Murmura el vigor, saluda a la lenidad. Somnolientos, sus pieles se rozan en un esfuerzo final y vuelven a la vida.

miércoles, 11 de abril de 2012

En papel

Querida mamá:

Lo hice. Por fin lo hice. Cumplí lo que me propuse. Estoy escribiéndote desde el otro lado de las rejas, y no me arrepiento.

Te escribo como a mi madre, pero no te conozco más que al carcelero que me abre las puertas. No tienes cara ni cuerpo. No tienes voz ni olor ni unos andares que pueda recrear. Solo tengo un recuerdo tuyo: era verano y estábamos de vacaciones en una ciudad del sur de Francia. Entramos a una tienda y yo cogí un marcapáginas de cartón plastificado que estaba expuesto en el mostrador junto a otros. Tenía imágenes de la ciudad donde estábamos y lo doblé varias veces. Me lo guardé en el bolsillo del pantalón y te lo enseñé cuando salimos de la tienda, como un trofeo. Tú me gritaste y me cogiste de la mano para devolverlo. Retrocedimos el camino y le explicaste avergonzada todo a la dueña de la tiendecita, que yo pensaba que era publicidad turística y por eso lo cogí. Eran cinco francos, mamá. Lo recuerdo aún.

No me hice policía como soñaba en esa época, sino cartero. No tuve que opositar, fue fácil. Lo hice por ti, para saber de ti. Llevo cinco años recogiéndolas, almacenándolas, leyéndolas por ti. Tu nombre y apellidos bastan. Guardé esas cartas que ni eran de ti ni iban para ti. Tengo un santuario donde las coloco por orden alfabético. Abrahams y Pherson acumulan una estantería entera para ellos, son tan populares que los odié.

Exige que te las den y no pares hasta conseguirlo. Es mi ofrenda. Quiero que te quedes con ellas, que sueñes con las historias que se cuentan y vayas poniendo un marcapáginas conforme las leas.

No conseguí localizarte, pero ahora tú sí puedes encontrarme a mí. Dicen que he salido en las noticias.

Hasta pronto, mamá.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Siete

Me encuentro de repente sentado en un sofá marrón como de plástico. Es del malo. Me asusto, no sé dónde estoy ni cómo he llegado allí.

Siete.

No tengo las manos atadas ni nada me impide levantarme y salir de este cuarto. A mi lado hay una mujer.

—¡Deborah! ¿Qué ha pasado aquí? —le digo asustado.

—Clive, cariño. No pasa nada, tranquilo —Deb me pone su mano sobre mi hombro.

Siete.

Me levanto corriendo y miro por la ventana. Parece que estoy en un hospital. ¿Habré tenido un accidente? Me puedo mover perfectamente, quizá me ha pasado algo en la cara. Corro al espejo a mirarme. No tengo marcas de ningún tipo.

Siete.

—Clive, está todo bien.

—¿He tenido un accidente? —estoy nervioso y me sudan las manos. Tengo miedo.

—No, sólo relájate —me dice mientras extiende su mano hacia mí—. Confía en mí.

—Menos mal que te tengo aquí, Deb. Eres mi ángel. Eres el paraíso traído a la tierra.

Hace veinte años tuve encefalitis, poco después de casarme. Es la primera vez que hablo desde entonces. Nunca he visto a nadie, Deb es la primera persona con la que hablo en esos veinte años.

Siete.

Me aburro. Voy a leer algo. Me acerco a la estantería y cojo el primer libro con el que se encuentran mis ojos: Moby Dick. Qué nombre tan raro.

—Clive, no… No te molestes, cielo —tiene una mirada triste en los ojos, ¿habrá pasado algo?

Siete.

Tengo un libro en las manos. Se titula Moby Dick. Leo en voz alta:

—“Mi nombre es Ismael. Hace unos años – no importa exactamente cuántos- sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver mundo”.

Siete.

—“Y por supuesto, porque se empeñan en pagarme mi trabajo, mientras que un pasajero se ha de pagar el suyo. Aún hay más: me gusta el aire puro y el ejercicio saludable Digamos que el marinero de proa recibe más cantidad de aire puro que los oficiales, que van a popa y reciben el aire ya de segunda mano".

(Siete).

—“Y entré en el lugar. Desde los bancos. un centenar de rostros negros me examinó: era una iglesia para gente de color. No servía. pues, para mis propósitos”. ¿Pero qué…?

—Clive, ya sabes. Lo del virus… No puedes leer —Deb me quita el libro de las manos y lo deja sobra la mesilla.

Y tiene razón, tuve encefalitis hace muchos años y desde entonces no puedo ver películas ni leer. No le encuentro sentido a nada.

Siete.

—Eras un gran director de orquesta. Dirigías a decenas de músicos y la gente lloraba al escuchar tu música. La última vez que te subiste a un escenario cinco países retransmitieron el evento. Todos estaban llorando.

—Es increíble… —se supone que habla de mí, pero para mí es como si me contara un cuento.

Siete.

—No sé si es de día o de noche. No tengo pensamientos ni aspiraciones. Lloro mucho, pero no sé por qué. No sé quién soy. Sí sé que estoy casado, que trabajé para la BBC y que amo a Deborah con locura.

Siete.

Cojo un cuaderno. Está escrito con anotaciones de una línea, separadas por rayas horizontales. Leo:

—“10:06 y estoy vivo”. “10: 06 y me acabo de levantar”. “10:07 y me acabo de levantar por primera vez”. “10:07 y veo bien”. “10:07 y estoy teniendo mucha paciencia”.

Siete.

Todo está escrito con mi letra en ese cuaderno, pero yo no lo escribí. No sé qué es eso. Un virus hizo que mi memoria borre todo el contenido almacenado cada siete segundos y desde entonces nunca he visto a un ser humano. Me encuentro angustiado. Sin conciencia ni memoria no soy nadie, estoy muerto. Cojo un libro que está sobre la mesilla. Se llama Moby Dick. Vaya nombre raro.

martes, 30 de agosto de 2011

Dealer

El cliente de hoy es uno más; nada diferente. Lleva unos mocasines de Dustin negros y calcetines blancos. Horrible combinación, procuro desviar mi vista para no resultar grosero. Están muy nuevos así que debe de tener una buena posición económica. Pantalones negros con la raya hecha y cinturón de cuero con una hebilla de márgenes dorados. Cuida su aspecto. Camisa a cuadros azules y blancos limpísima, salvo por una péqueña mancha de café cerca de uno de los gemelos. Debe de haber desayunado rápido porque también tiene el pelo algo revuelto y no lleva corbata. Un Rolex en la muñeca derecha, por lo que debe de ser zurdo, y montura de Giorgio Armani.

Este tío tiene pasta.

— ¿Y cuándo le interesa probar esta maravilla? —me inclino hacia él para mostrar interés y arqueo una ceja. Leí que eso gustaba en un libro de kinésica.

— Veamos… —agacha la cabeza y frunce el ceño—. Trabajo por las mañanas, de modo que a las cinco de la tarde mañana me iría bien pasarme por aquí y dar una vuelta. Da pena ver esta preciosidad aquí encerrada.

— ¡Estupendo entonces! —le muestro mi mejor sonrisa—. Estaba esperando que alguien como usted viniera a rescatarla. Creo que el nuevo SLK le va como anillo al dedo. Es perfecto para un hombre de tanta clase como usted. Y seguro que a su mujer también le encanta. ¿Vendrá mañana ella?

— Oh, no, no. Mi mujer está de viaje. Su empresa le está pagando un máster en Londres y tiene que viajar mucho. Le veo los fines de semana, pero ella está contenta. He hablado del coche con ella y me dijo que hiciera lo que yo creyera más conveniente, no se mete en estas cosas.

"Le”. Habla un español correcto, sin errores gramaticales, pero ese leísmo lo delata. ¿Valladolid, Burgos, Palencia… ? No tiene acento marcado, es difícil de saber. Cuánto daño me han hecho los medios de comunicación.

— Este Mercedes lleva ya su nombre y apellidos, entonces. Y a los niños les encantará sacar la cabeza por la parte de arriba. Cuando crezcan se lo pedirán para ligar con las niñas ja, ja, ja —soy terriblemente simpático cuando de negocios se trata.

— No tenemos hijos —se apoya en el coche, parece que va a hacer una confesión—. A Emma ya le ha venido ese invento del instinto maternal, dice que siente la llamada o no sé qué. Pero yo prefiero esperar, soy más prudente.

— Estupendo, así será sólo de ustedes dos —le guiño un ojo.

Entonces: hombre de unos 32-35 años de buena posición social y económica. Castellanoleonés, seguramente. Casado y sin hijos. Trabaja por las mañanas y su mujer sólo viene a España los fines de semana. Momento ideal: por la mañana. Por su apariencia tan cuidada diría que trabaja en un despacho u oficina, debe de entrar a las 8 ó 9. A las 11 es un buen momento para actuar.

— Oh, antes de que se me olvide. Necesito sus datos. Necesito su DNI un momento. No tardo nada.

— Claro, por supuesto —saca del bolsillo trasero una cartera de cuero y me lo entrega. En todo momento me mantiene la mirada, es un hombre de gran carisma.

Lo cojo y compruebo que, como encaja, es de Burgos capital.

— Burgalés, ¿eh? Tengo yo familia ahí —tengo familia en todas partes. Y, donde no, me la invento-. ¿Conoce usted una farmacia que hay cerca de la biblioteca del teatro principal? En el paseo del del Espolón —le digo mientras echo un ojo a su DNI y memorizo su domicilio.

— ¿Espolón? Hum… Es una calle muy céntrica, he debido de pasar por ahí muchas veces —gran vía cincuenta cuarto ce, gran vía cincuenta cuarto ce, gran vía cincuenta cuarto ce.

— Sí, ¡claro que la debe de conocer! —gran vía cincuenta cuarto ce—. Está por esa fila de árboles, no se ve si caminas por el centro del paseo. En fin, el caso es que ahí trabaja una prima mía. ¡Si pasa por ahí dígale que me conoce! —gran vía cincuenta cuarto ce.

— Por supuesto que lo haré. Además me gusta ir cada año para ver a mis padres en navidades —se le ve entusiasmado, menudo niño de papá está hecho.

— Perfecto. Pues tome su DNI y le veo mañana cuando usted quiera —gran vía cincuenta cuarto ce.

— Sí, ya le digo que sobre las cinco de la tarde —se incorpora y lo coge con la izquierda.

— Aquí estaré todo el día, de todas formas. Ha sido un placer, muchas gracias —gran vía cincuenta cuarto ce.

Le ofrezco mi mano. Me da un apretón con energía y vigor. Pobre hombre.

— A usted, ¡hasta mañana!

sábado, 26 de marzo de 2011

Polilla

Como un insecto aguardas impaciente mi caída. Deseas apasionadamente que tiemble y grite de dolor para saciar tus ansias de venganza mientras puedas salpicar y reír en el charco de mis lágrimas. Te vas retorciendo hacia mí con un cuchillo alargado en la mano, clavándomelo y esperando con los ojos inyectados en sangre que salga el agua y la sal de nuevo. Me chillas que me odias de forma enfermiza, que quieres que sufra, que lo necesitas para poder continuar. Buscas desesperadamente el mejor ángulo para el corte, y vas perdiendo tus fuerzas en el intento. Te veo a lo lejos y estás tirado en el suelo, parece que te has rendido. Miro con indiferencia y te veo sufrir. Eres un parásito.

Siento pena por ti; al final condesciendo. Cojo tu cuchillo, ya he visto suficiente. Tú no me puedes hacer daño. Me hago un corte limpio y rápido en los ojos y comienza a brotar sangre y lágrimas. Me he quedado ciega, pero sonrío; te he dado lo que querías. Corre un río de tinta rosa hasta ti. Ahora eres tú el que llora.

viernes, 18 de marzo de 2011

Concha

Concha ya no me devuelve las llamadas.

Quedé con ella en la cafetería del corte inglés la semana pasada y no vino.

Apenas sé de mi hija, desde los setenta dejó de preocuparse por mí. Y lo entiendo, yo sólo soy una vieja, pero a veces me gustaría poder invitarla a un café con pastas con las niñas como solíamos hacer los domingos.

Ayer alguien metió las zapatillas en el congelador. La mandadera por supuesto que lo niega. Tiene un talento innato para negarlo todo, me debe de tomar por tonta. Me doy cuenta de que faltan magdalenas en el armario y el queso se acaba extraordinariamente rápido. De eso no le digo nada porque no quiero enfadarme por un poco de comida, pero no me gusta que me tomen el pelo de esa manera, y menos en mi propia casa.

A veces se va sin despedirse.

Un día me enfadé seriamente con ella. Fue en verano, tenía la maleta hecha con la ropa y la bolsita de aseo para ir a Salou con mi sobrina y su familia, pero la muchacha en un momento me deshizo todo. ¡Y encima fue ella la que se enfadó! Me parece una insolente, no la soporto.

Apenas hablamos; no le caigo bien y ella no me cae bien a mí, pero trabaja mucho y baja a hacer la compra. Alguna vez le he querido pagar un aguinaldo y no lo ha aceptado por mucho que he insistido. Debe de ser porque ya se cobra ella misma con el jamón serrano de la nevera.

Cada semana me pone un tipo de vajilla diferente para comer. Yo siempre le digo que me gusta la que me regalaron al casarme, que me ponga esa, pero creo que la tiene escondida en algún lugar porque hace años que no la veo. No sé qué plan se trae entre manos. No me gusta que el plato sea verde porque no sé si he terminado cuando hay crema de guisantes. Tampoco me gusta que me ponga vasos de plástico, me siento como una niña.

Hay días que me tiene sin darme de comer, y tampoco me deja cocinar a mí. No sólo me roba comida sino que no me deja a mí misma comer lo que es mío.

Me cambia las cosas de lugar.

La he echado varias veces, pero vuelve, y siempre a entra en casa a una hora diferente. A veces me sorprende en mitad de la noche, cuando voy a entrar al baño. Otras llegan mientras estoy desayunando. Una vez derramé la leche y me puse perdida; un día de estos me va a matar de un infarto, que yo ya soy mayor.

Yo creo que está un poco mal de la cabeza; en parte siento lástima por ella.

Ayer metió las zapatillas en el congelador.

domingo, 13 de marzo de 2011

Calling

Estaba cerca. Llevaba ya dos horas trabajando. Había tomado un zumo y unas tostadas para desayunar y arranqué el coche oyendo la emisora de siempre. Eran mis últimos minutos de vida y estaba paralizado. El miedo y la falta de tiempo te hacen sudar y pensar eficazmente en soluciones rápidas. No piensas, sólo actúas. Toda mi vida había pensado en cómo moriría, qué diría, con quién estaría, qué música quería para mi funeral, a qué médico debían venganza mis hijos. Nunca lo imaginé así.

Quería despedirme de mucha gente. De mis padres, de mis hijos Carl y Evan, de mi mejor amiga Sarah, de Edward, de mi primera novia Evey y de la zorra de mi exmujer. Se había llevado la custodia de los niños además de la casa, el perro y parte de mi sueldo mensual. El mismo que me da cada fin de mes su marido, mi jefe. Me destrozó la vida, nunca quise saber más de ella. Pero ahí estaba, marcando su maldito número mientras pensaba en cuánto la odiaba. Esa fue la llamada, la última, la única persona de la que pude despedirme: fue ella.

Por qué lo hice no importa. Sólo lo hace el que estaba sobre el suelo llorando, sosteniendo con mis manos temblorosas el aparato asustado como un niño y diciéndole que la amaba, que siempre la llevé en mi corazón, que lamentaba no habernos podido hacer felices como prometí, que no quería que se olvidara de mí y que la cuidaría siempre desde la distancia. La odiaba con todas mis fuerzas, es verdad, pero eso sólo era la consecuencia visible de lo tantísimo que la amaba.

Esos segundos antes de morir comprendí qué es la vida. Irónicamente, cuarenta y ocho años después. Y, ¿saben qué? No es tan complicado. No busquen teorías científicas, no busquen explicaciones lógicas. Toda la vida se comprime en los momentos previos a la muerte. Sólo entonces te das cuenta de en qué ha consistido la tuya, qué es lo fundamental, qué te hace ser quien eres. Y que has malgastado tu juventud intentando ligarte a la rubita popular.

No es tu nombre, ni tu familia, ni tus amigos o enemigos, ni tus gustos personales o problemas. Es el asiento en que te ha tocado estar durante el vuelo y el despacho que te asignaron cuando te dieron el trabajo. Cuando llamé a Claire me di cuenta de quién era yo: un complejo rompecabezas, una capa de maquillaje tras otro que ocultaba lo que realmente somos más allá del miedo y del orgullo.

Sí, sí, ahora lo pueden ver cursi desde sus asientos, desde sus sofás mientras oyen la tele de fondo y eructan cerveza.

El suelo temblaba y el fuego iba invadiendo los pisos superiores. El mío era el ochenta y dos. Despacho siete. Oía a la gente gritar y amontonarse en las escaleras. La gente lloraba o caía frente a mi ventana sin paracaídas y con los brazos abiertos esperando abrazar la muerte.

La respuesta a la pregunta qué es la vida es otra pregunta:

¿A quién llamarían ustedes?



¿Quizá al 911?

jueves, 16 de diciembre de 2010

Mercedes

Nací y crecí en un pueblecito de Albacete, Higueruela. Mis padres me dieron la mejor de las educaciones, iba a misa los domingos y a veces también entre semana. Ayudaba a mi madre con las tareas del hogar mientras mi padre trabajaba en el bar, y esta nos instruía a mi hermana Fede y a mí por las mañanas. No quiso que fuéramos al colegio porque tuvo un problema con la maestra, doña Hermenegilda, relacionado con unas tierras. Los niños de la escuela se metían con nosotros por ser raros.

Mi madre murió en un accidente mientras ordeñaba una de las vacas. Fue terrible. Entonces yo tenía doce, y mi hermana seis años. Mi padre empezó a volver más tarde de lo habitual; a veces traía mujeres. Tuve que ocuparme de mi hermana, y ella tuvo que hacerlo de mí.

Mi padre se fue de casa, dejándonos a Fede y a mí solos. No lo sentí, eso no cambió nada, salvo el hecho de que tuve que empezar a trabajar para don Colungo durante todo el día.

Fede me recibía cada noche con una sonrisa en la boca, hacía que mereciera la pena todo el trabajo. Me di cuenta de que estaba enamorado de ella. Cierto día la cogí de la mano y le pedí que fuera mi esposa. Don Camilo no nos dio permiso, pero nos daba igual porque hicimos una fiesta discreta e íntima. Pasamos unos años maravillosos, pero nos faltaba algo, nos sentíamos solos. Pensamos en tener hijos, de modo que, como dijo madre que hizo ella, decidimos escribir a la cigüeña para tener nuestro hijo en navidades. Esperamos pacientemente durante meses, pero nunca recibimos nada.

Decidimos ir hacia allá, a París, a pedir personalmente a la cigüeña que nos hiciera ese favor. Ahorramos durante un año y en un par de días ya estábamos en la ciudad del amor y los niños. La gente hablaba de forma extraña, pensamos que sería el frío clima de la zona, de modo que tuvimos que apañárnoslas para encontrarla.

El tercer día, sentados en los bancos de una gran plaza, delante de una gran iglesia, la vimos. Volaba muy alto y deprisa, con un aire muy majestuoso. Fede y yo nos levantamos de un salto y empezamos a hacerle señas y gritar que queríamos una niña pelirojita y con pecas. Se marchó tan rápido como apareció, de modo que nos preguntábamos si surtió algún tipo de efecto. Nos volvimos a sentar y esperamos pacientemente el resultado.

Estuvimos una semana más. Fede sugirió ir de vuelta a Higueruela. Nuestra niña debía de estar ahí, decía, pero yo la disuadí, argumentando que lo lógico sería que nos la entregara en el mismo París porque así se ahorraría sobrevolar tanta distancia.

El octavo día la vimos. Estábamos en unos grandes almacenes y la niña, con trencitas rojas a los lados y pequitas cubriendo sus dos mejillas sonrosadas, se nos acercó mientras balbuceaba algo muy asustada. Fede y yo nos abrazamos con una tremenda alegría y empezamos a saltar y a colmar a nuestra nueva hijita de besos. Fede lloró, y también la niña cuando nos la llevamos al coche después de la gran celebración.

La llamamos Mercedes, ya que no paraba de gritar algo parecido a meg. Somos muy felices, y ya estamos ahorrando para el segundo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Sudor

Corrían sin descanso en una larga carrera que los debilitaba con cada coletazo. Se empujaban, pisoteaban y tropezaban entre ellos en la competición más importante de sus vidas. Entre ellos sobresalía uno, estaba concentrado, con la mente puesta en el objetivo mientras iba adelantando a unos y otros. Piensa en la recompensa a su esfuerzo y se ve ganador. El sufrimiento es inevitable, el dolor es el resultado. El acto de correr roza lo metafísico, se siente elevado, cree haber trascendido del plano de lo puramente físico a algo grande, mucho más grande. La meta es el nirvana, un lugar donde desarrollarse plenamente. Corre para dar sentido a su existencia. Corre para llenar un vacío. Corre para cumplir con el objetivo que le fue asignado. Corre por placer. Debe ganar o morir. Por fin llega, y se oye un grito ensordecedor.

En un bus

El primer día de clase te sentarán frente a aquel chico de gafitas. Os haréis amigos y te presentará a Carlos. Irás a casa acompañada de ambos y al despedirte el chico de gafitas te dará un beso en la mejilla antes de salir corriendo. Te acompañará todos los días. Os haréis novios. Verás a tu madre coger el coche, la despedirás con un déjame en paz y esa será la última vez que la veas. Te acostarás con el chico del Peppers y descubrirás lo tonta que has sido por esperar tantos años. Te acostarás también con el del Camelot y el de Lingüística aplicada. Se lo contarás a tu novio. Tendrás niños y los verás crecer. Uno será arquitecto, el otro drogadicto. Tu marido te dará una bofetada y te irás de casa. Tendrás reuma y cogerás el bus cincuenta y tres para ver a tu padre. Tendrás un accidente y tus sesos se estamparán contra el cristal de salida de emergencia. El primer día de clase te sentarán frente a aquel chico de gafitas. Os haréis amigos y te presentará a Carlos. Irás a casa acompañada de ambos y al despedirte el chico de gafitas te dará un beso en la mejilla antes de salir corriendo.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Vacaciones

Qué bien que vayamos a la playa, Charles. Siempre he querido viajar, conocer mundo... Creía que cuando nos casáramos todo sería diferente. Que me llevarías a bailar, que me acompañarías de tiendas, que celebraríamos en casa las fiestas de cumpleaños de los niños, que iríamos a la ópera y otras parejas nos envidirarían... Pero no, tú nunca me sacas de casa. Y estoy harta de que no lo hagas. Estoy harta de eso y de que dejes los calcetines sucios por el suelo. Y de que al llegar a casa dejes el abrigo en el primer sitio que ves. Estoy harta de tu falta de romanticismo, ¿hace cuánto que no me besas al llegar a casa? ¿Hace cuánto que no me traes flores? ....Oh, Charles, ¡Charles! ¿En qué momento perdimos todo eso? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ... ¡Charles! ¿Quieres hacerme caso cuando te hablo? Deja de jugar con esas cuerdas y arghh... Char-... ghhh... por...ghh fa...argh...

jueves, 7 de octubre de 2010

GG

Había sido rechazado. El Empire State, unas flores, una hora. Las 7:01. Allí estaría esperándola. “Ven, u olvídame para siempre”.

Ella no fue.

De noche se movía entre prostitutas y alcohol. Su gabardina olía a sudor y lágrimas. Dos tipos lo asaltaron. “Danos todo lo que tengas”. De forma calmada dijo que tenía dinero, que podía ir a un banco a sacarles lo que quisieran. Metieron la mano en su bolsillo. ¡No! ¡Eso no! ¡Dejadme la caja! ¡Todo menos eso! —gritaba mientras forcejeaba con ellos.

Se oyó un disparo y una risas y todo quedó en silencio.

Él yacía en el suelo manchado de sangre con una expresión terrorífica de indiferencia en su cara. Se habían llevado el único recuerdo que le quedaba de ella. Había tirado todo lo que le pertenecía a ella a la basura. Sus regalos, sus cartas, sus libros, la ropa que se dejó, los resguardos de las entradas y viajes que hicieron juntos. Borró las fotos y los mensajes; su número, su pasado y su cara…. Y se habían llevado lo único que le importaba en la vida, el anillo con el que le propondría matrimonio, y la herida lo estaba desangrando.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Limpieza racial

Habia estallado la guerra. Se habían llevado a Reuben y a David. Los judíos no podían tener un cargo público desde que los nazis ganaron las elecciones en el treinta y tres, no podían ir a la piscina o al cine y sólo podían sentarse en bancos pintados de color amarillo. Sus pinturas eras consideradas arte degenerado y enfermizo, no podían casarse con no-judíos para preservar la raza, no podían subir a autobuses ni tranvías e iban marcados como si fueran ganado. Inventaron las cámaras de gas y el ciclón B para acelerar el proceso. Los científicos idearon cómo fabricar jabón a partir de la grasa de la gente que moría en los campos de concentración. Antes de enviarles a las cámaras de gas les rapaban la cabeza; su pelo se usaba para rellenar colchones o para el cabello de muñecas. A la gente asfixiada se les extraían los dientes de oro y a algunos se les quitaba la piel para hacer pantallas de lámparas. Para el jabón, por cinco kilos de grasa se añadían diez litros de agua y un kilo de sosa, se hervía durante tres horas, se añadía un poco de sal y se dejaba enfriar.

También se llevaron a Naomi, él mismo la delató. Era de noche y él había ido a su casa. Bebieron unas copas, rieron, se acostaron y un par de horas más tarde Bernard se despidió con un beso en la frente antes de traicionarla y ser el responsable de que la enviaran a Auschwitz. Había pasado ya más de un año desde entonces y se preguntó por qué recordaba todo eso ahora. Sus ojos se abrieron, los mismos que vieron toda esa crueldad en Buchenwald, y en su cara se dibujó una fría mueca de terror. Cortó el chorro de agua y arojó el jabón contra la pared antes de estallar en un desgarrador grito de locura. Horas más tarde pasó del ejército a un manicomio alemán.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Beneficios laborales

En el colegio siempre nos decían que debíamos estudiar duro para conseguir dinero y ser alguien en esta vida. La hermana Blanca nos recomendaba estudiar carreras como Medicina, Derecho o alguna ingeniería. Marcos era el empollón de la clase y hoy es un conocido juez de Barcelona, Alicia era la típica niña rica y lista y hoy trabaja en la IBM, de Pepe sé que se metió a piloto y que cobra un pastón, y esos son los tres compañeros a los que mejor les va de mi promoción. Yo no hice ninguna carrera, ni siquiera terminé la educación obligatoria, pero la calle se convirtió en mi principal objeto de estudio y aprendí a hacerme con el mercado de la droga. Al final fui yo el que mejor posición económica consiguió.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Dispares

Se levantaba a las siete para salir con el ganado. Eleuterio se lavaba la cara y se vestía con una camisa vieja y botas. Comía fuera y paseaba durante todo el día con ellas. Levanta la patita, bonita. Ahora voy, pequeña. Lavaba a Lechosa y Cuca con cuidado con la manguera y volvía a casa para cenar. Comía deprisa y sin hablarle a su mujer. Estaba tenso y de vez en cuando soltaba alguna grosería. Por las noches volvía con sus dos cabritas. A veces dormía fuera.

viernes, 27 de agosto de 2010

Túes.

Ayer quedé con Sergio. Un café que se alargó hasta unos pinchos, unas cervezas, unas cuantas copas y un revolcón en su ático de madrugada. Me fui sin despedirme ni dejarle mi teléfono. La semana pasada fue Mario, un abogado de treinta años. Estábamos los dos buscando libros de Neuman en la librería de la esquina y empezamos a hablar de poesía y sobre lo pretenciosos que pueden llegar a ser los artistas. Salimos a la calle y me invitó a su casa a prepararme una comida japonesa que estaba de muerte. También dormí ahí. Mañana he quedado con Pablo, un compañero de la facultad. Es alto y tiene los ojos verdes; muy mono. La última vez que le vi me sonrió y me dijo que quería volver a verme. Con Enrique sólo recuerdo que era de noche y acabamos hablando sentados en el borde de la acera de fuentes de letras y del efecto que producen (¡la comic sans es horrible!). Siempre evito hablar de mí misma, de lo que siento, de cómo ha cambiado mi vida desde que se fue. No hago ascos a nada, me pone cualquiera con un poco de labia y una bonita sonrisa. No pido más. Sergio, Mario, Pablo, Enrique, Timmy, Pepe, ¿Juan?. No me gusta dormir sola. Cada noche es uno diferente, pero en la oscuridad y silencio de la noche, cuando sólo se adivinan nuestras siluetas, te beso, te acaricio, te susurro, te abrazo a ti. Cada día tienes un cuerpo, un aroma, un sabor diferente. Nunca te dejo hablar. Me tocas el pelo y me muerdes y sé que eres tú. Te digo que te quiero y que eres el hombre de mi vida y por la mañana me voy a duchar a casa y me preparo para nuestro próximo encuentro. Me encanta que me sorprendas cada noche así.

jueves, 26 de agosto de 2010

Fecha de caducidad/Consumir preferentemente antes de…

Debió decirme que tenían fecha de caducidad. Debió avisarme de que sus te quieros tenían un plazo de validez de un par de meses; me sentaron mal. Debió avisarme de que si tomaba sus besos a sorbos caería enferma, que no debí pedirle más ni engancharme a su olor de forma tan obsesiva. Me empaché desequilibradamente de su cuerpo en una madrugada fría y seca como se volvieron sus palabras desde entonces. Aquella noche mi boca buscaba la suya de forma desesperada, corría entre lágrimas a encontrarme con sus manos, gritaba de pasión por oírle respirar cerca de mi oído y decirme que quería que me fuera con él. Sentía el ardiente fuego en sus pupilas mirándome y desgarrándome el cuerpo y el alma lenta y rítmicamente. Me inyectó su veneno hasta el fondo infectándome el vientre y el pecho. La pasión se asomaba por la comisura de sus labios formando una mueca de placer que mi retina capturó de forma indeleble condenándome a sufrir hasta la eternidad. Mató de un disparo y sin temblarle el pulso las mariposas de mi estómago cuando le vi irse sin mirar atrás y el agujero no cicatriza. Porque no debí, porque estaba en mal estado, porque estoy enferma y me duele el corazón. Y dicen que no tiene solución.